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El mango que huele y sabe a mango: Miguel Páez, de comprar fruta a cultivarla

# | Octubre 2026

Noticias del campo

16 min

Publicado Octubre 2026

El mango que huele y sabe a mango: Miguel Páez, de comprar fruta a cultivarla

Miguel Páez se pasó más de veinte años comprando y vendiendo fruta antes de ponerse a cultivarla. Hoy produce aguacate y mango junto a su hijo, también Miguel, en la finca familiar Cortijo Salobreña. Desde esa doble mirada, la del comerciante y la del agricultor, hablamos de lo que casi nadie cuenta en voz alta: por qué el mango del supermercado muchas veces no huele ni sabe, por qué se recolecta verde a propósito, qué hay detrás de la palabra calidad cuando toca llenar los lineales los doce meses del año, y por qué cultivar en ecológico cuesta más de lo que parece.

Veinte años vendiendo fruta, hasta que se pasó al campo

¿Qué hace un ingeniero metido en el mundo del mango?

Me crié en una familia humilde. Mi madre siempre decía una frase que no se me olvida: vuestra herencia son los estudios. Estudié ingeniería, pero me llamó el emprendimiento y monté una empresa de comercialización de aguacate y mango. Trabajaba campaña nacional y de otros orígenes, con momentos de hasta siete orígenes en el almacén, vendiendo a mayoristas, hostelería y retail. Tenía una pequeña producción propia, porque mi familia y la de mi socio han sido productores, pero era una parte mínima. Después de veintitantos años, cuando vendí mis participaciones, me dediqué a producir. Hoy tengo una finca de aguacate, una de mango en Salobreña y dos de aguacate en Valencia con un socio.

¿Por qué dejar el negocio para ensuciarte las manos?

Siempre me ha gustado. Sembrar, ver la finca en producción, gestionar un equipo, eso me resulta muy gratificante. Y hay un tema económico, también. Ganar dinero es sano: contribuye a la sociedad, a que tus trabajadores estén mejor y a que puedas crecer.

¿Quieres que tus hijos sean agricultores?

Sí, claro que sí. Parte de mi patrimonio es justamente la producción agrícola. Y creo que ver tu forma de hacer agricultura les quita muchos prejuicios. Se piensa que dedicarse al campo es algo rústico, poco profesional, para gente poco preparada, y es al revés: puedes hacer una agricultura tan profesional y tecnológica como cualquier otra actividad. Esa etiqueta hay que quitarla.

Lo que el campo te obliga a desaprender

¿Cuándo entra el ecológico en todo esto?

Desde que empecé en la comercialización, siempre tuve una línea de ecológico. Tengo claro que quiero un cultivo sostenible. La finca familiar la convertí hace muchos años, y la de mango de Salobreña está ahora en conversión.

¿Por qué apostar por lo ecológico?

Por cómo veo la vida y los productos que comemos. Y porque el cliente compra por eso. Me influyó haber trabajado de cerca y haber visto los productos que se usaban, con poca responsabilidad. Eso me hizo dar un paso.

¿Sale mucho más caro lo ecológico?

Antes era mucho más difícil. Hoy hay un montón de productos naturales: repelentes, extractos de canela, de cítricos, lucha biológica. Es más fácil manejar un ecológico que hace veinte años. La diferencia de precio está algo más alta porque das más pases, pero no como para decir que sea mucho más caro.

¿Lo tienes ya todo en ecológico?

Todo menos las dos fincas de Valencia, que llevo con un socio. A ver si lo convenzo. Esto se contagia.

¿Qué has tenido que desaprender?

Todos los días se aprende. Hay paradigmas que das por buenos: pensabas media vida que quitar la hierba era lo mejor, y te das cuenta de que erosiona mucho el suelo. No te puedes obsesionar con tenerlo todo limpio, tienes que convivir con tu ecosistema, con bichos que te hacen daño y otros que te benefician. A vosotros os conocí hace cinco o seis años en una jornada que organizásteis sobre agricultura regenerativa, hablando de la importancia de la cubierta vegetal. Hoy hasta hay aplicaciones que fotografías una planta y te dice cuál es: muchas de esas malas hierbas no son tan malas, algunas fijan nitrógeno.

La palabra calidad tiene trampa

¿Es lo mismo calidad para el supermercado que para ti?

La fruta se ha desestacionalizado. Eso tiene cosas buenas, puedes comer de todo casi todo el año. Pero el primero que tendría que saber decir que no es el supermercado, sobre todo en los solapes entre campañas, cuando la calidad baja. El aguacate tiene dos campañas, verano y invierno, y en esos dos solapes del año vas teniendo pérdidas de calidad. Hay que recolectar cuando la fruta está en su punto, porque son climatéricas: siguen madurando después, pero necesitan unas condiciones fisiológicas mínimas. Mucha gente recolecta el mango inmaduro, sin los grados Brix mínimos, para venderlo antes y a mejor precio. Y en el lineal, muchos supermercados no tratan bien el producto: un mango listo para comer necesita frío o mucha rotación.

¿Cómo se estira una temporada para aumentar su disponibilidad en el mercado?

Con variedades más tardías, o cultivando en distintas zonas donde la misma variedad se puede alargar más. La cámara, para mí, tiene que ser algo de mantenimiento, nunca de conservación a largo plazo, porque la fruta envejece. Al final, el fruto tiene una misión, que es dejar una semilla. No hay sistema que te la mantenga fresca indefinidamente.

¿Qué trucos hay en el lineal para vender un mango?

Con clientes de retail he llegado a trabajar la caja con alvéolo (un sistema para que la fruta no se mueva), con una tecnología de ponerle un aroma que se desprende al rozarlo. En el mango eso es importantísimo, porque el olor muchas veces es lo que capta la atención del cliente.

¿Se nota de verdad desde dónde viene un mango?

Muchísimo. El mango es un producto que odia el frío. En el mercado hay mango por barco y mango por avión, y son dos productos totalmente distintos aunque se llamen igual. El de barco, con un transit time de veinticinco o veintiocho días desde Perú, la mayoría de las veces no huele, no sabe y está ácido. Un mango recolectado el día uno puede estar llegando el día cuarenta, en atmósfera controlada. El de avión es otra cosa, puede ser exquisito. Los mangos no están malos dependiendo del origen. Muchas veces, si te los comes allí están buenos.

Nuestro mango tiene una ventaja, y hay que aprovecharla para hacer marca de origen.

¿Por qué se recolecta antes de tiempo?

Muchas veces se tiene miedo a que en julio, con más mango en el mercado, baje el precio, aunque el mango esté exquisito. Por eso se adelantan. Un marketplace con contacto directo con el cliente suaviza eso: si sé que voy a tener un precio justo y un volumen más o menos cerrado, no tengo prisa por recolectar antes de tiempo.

¿Por qué no podéis poner vosotros el precio?

La campaña española del mango dura unas ocho semanas. Pretendemos que todos los clientes compren solo el nuestro, al volumen y al precio que queramos, y no funciona así: quien tiene más poder sigue siendo el supermercado. La desventaja es que concentramos mucho volumen en muy poco tiempo. A Europa entran cinco o seis millones de kilos de mango de otros orígenes por semana, y de repente en ocho semanas tienes cincuenta millones de kilos. Por eso se planifica tanto antes de empezar, viendo la floración y el cuaje. Esta, por ejemplo, ya sabíamos que no iba a ser una campaña de volumen.

Lo que cambia con la venta directa

¿Qué cambia cuando le pones cara al cliente?

Me parece importantísimo conocer al cliente, y nunca había trabajado con el cliente final. Antes mandaba el supermercado, decidía él. Pero Internet y las redes crearon feedback: el cliente ya puede devolver lo que piensa, y eso hay que cuidarlo.

¿Y qué ganas tú con la venta directa?

Reconocimiento, visibilidad y transparencia. Puedo decir: esta es mi finca, estos somos los agricultores, producimos esto en estas fechas y estas variedades. Eso me da tranquilidad y estabilidad en volumen y en precio, y me permite tener vendida una parte de la producción con clientes que confían en mi producto. No vivo tan pendiente de si una campaña trae más o menos volumen.

¿Hacia dónde tiene que ir esto?

La primera prueba ya la habéis superado: muchos negocios explotaron en el COVID y desaparecieron, y si vosotros os habéis mantenido, es porque ha venido para quedarse. Lo siguiente es formar al cliente, ser prescriptores: explicarle las variedades, cómo se come cada fruta, cuándo está madura. Esa información es la que os puede hacer crecer.

Escrito por Cristina Domecq

Cristina Domecq

Cristina Domecq es Head of Impact en CrowdFarming. Su labor se desarrolla en el punto de encuentro entre la estrategia corporativa, el campo y la conversación social, convencida de que las claves para arreglar el sistema alimentario se revelan en esa intersección. Su objetivo es lograr un cambio de comportamiento duradero; una misión que solo funciona si tanto los agricultores como los consumidores están verdaderamente comprometidos.

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El «alemán loco» 40 años después

Si acompañas a Friedrich por su finca cerca de Gibraleón, escucharás sobre todo una cosa: un estruendoso concierto de cantos de pájaros. Pero tras este idilio se esconde una decisión radical contra lo convencional tomada hace tiempo. Hoy cuenta con la certificación Demeter desde 1994 y demuestra que su «locura» es la única respuesta lógica a la crisis de nuestros suelos.Hace 40 años, Friedrich se enamoró de la Finca Jelanisol-Montebello durante una visita a España. En aquel entonces, trabajaba como intermediario de frutas y verduras de producción convencional. Ocurrieron dos cosas que le hicieron reflexionar: Una amiga le regaló un libro sobre permacultura de Bill Mollison que le sirvió de inspiración. Estaba de visita en un campo en Italia y buscaba desesperadamente lombrices en el suelo. Cuando el agricultor le confirmó que no había «porque no hacían falta», Friedrich empezó a reflexionar. Una visión holística: todo está conectadoPara Friedrich, la agricultura no es un proceso aislado, sino parte de un todo. Mantiene una visión muy holística y filosófica del mundo en la que todo —desde el microbioma del suelo hasta el consumidor— está conectado. Para él, su finca no es un simple lugar de producción, sino un organismo vivo en el que el ser humano y la naturaleza coexisten en armonía. Cree que solo puede surgir una sociedad pacífica si producimos en sintonía con la naturaleza. Si lo hacemos bien, hay suficiente para todos; solo no debemos destruir las bases.Uno de los motores más fuertes del trabajo de Friedrich es una profunda preocupación por el estado de nuestra alimentación moderna. Cuenta que muchos de los alimentos que consumimos hoy están «vacíos». Se refiere a productos de la agricultura convencional que, debido a los pesticidas y al largo almacenamiento, ya no poseen ningún valor nutricional significativo. Sigue el principio de «suelo sano = persona sana». Solo un suelo vivo y regenerado puede producir frutos que realmente nutran el cuerpo.

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Salvar al níspero de la extinción

Hablamos de un cultivo tradicional que cada vez cuenta con menos adeptos y apoyos; la zona ha pasado de producir 20 millones de kilos en sus mejores años a apenas 7 millones recientemente, y la gran mayoría de parcelas vecinas directamente se están abandonando o transformando en aguacates.Hace poco más de un año, la familia del agricultor Juan Ripoll de finca Camp d’Altea, estaba a punto de abandonar. De manera fortuita, nuestros caminos se cruzaron y, encontrar un modelo que por fin daba sentido y valor a su trabajo, les devolvió de golpe la ilusión de vivir en el campo y a través de él.Paseando por la finca, pudimos charlar, revisar el efecto del viento, el cuajado, el comportamiento de las diferentes variedades y la evolución de las nuevas plantaciones. Lo bonito fue comprobar que los frutos no eran los únicos que estaban cogiendo fuerza; ellos mismos nos recibieron con una energía renovada.Injertos de membrillo y balsas de decantación: cómo cultivar nísperos en suelos de yeso y salTodo esto tiene un mérito enorme. Empezando por la exigencia del níspero, ya que requiere una dedicación absoluta y mucha mano de obra: exige una poda constante y cuidadosa para que entre la luz, implica horas a pie de árbol haciendo un minucioso aclareo manual tanto de flor como de fruto, y pide una recolección tremendamente delicada para evitar heridas o marcas en la piel.A esto hay que sumarle que tienen los elementos agronómicos y climáticos bastante en contra. Están en una zona de sequía extrema (en Altea ni siquiera ha llovido durante los temporales que han inundado recientemente el resto de España) y asentados sobre un suelo de yeso muy complejo, marcado por la roca y la sal. Ante esta falta de lluvia, se ven obligados a regar con agua de depuradora, la cual llega con una salinidad altísima, muy por encima de lo que el árbol puede soportar de forma natural.Ver cómo se adaptan o solucionan esto a pie de campo a través de la observación y la experimentación es realmente didáctico. Por ejemplo: riegan desde la capa superior de una gran balsa de decantación para esquivar los sedimentos y mitigar la salinidad; injertaron algunos de los nísperos sobre pies de membrillo (que toleran mucho mejor estas sales actuando como filtro natural); y realizan aportes constantes de estiércol y restos de poda triturados. El resultado salta a la vista: han conseguido dar vida al suelo, albergando una bonita y necesaria flora y fauna auxiliar y reteniendo mucho mejor la humedad.En todo este manejo, los animales son sus grandes aliados. Tienen un rebaño de oveja Guirra (una raza autóctona oficialmente en peligro de extinción, lo que aporta un valor ecológico brutal a la finca) pastando libremente por las parcelas. Ellas hacen de desbrozadoras naturales y fertilizan la tierra de forma constante, excepto cuando el fruto asoma, que toca sacarlas de las parcelas para que no se cobren el trabajo en especie.Sin embargo, mantener este ecosistema vivo hoy en día supone un sacrificio y un coste logístico muy elevado. El tejido rural de su comarca está desapareciendo: apenas queda una quesería, ya no hay agricultores con cuadras para ayudar a gestionar el estiércol, y el matadero municipal cerró hace años, obligándoles a hacer más de 100 kilómetros para encontrar el más cercano.Para más inri, la realidad externa casi se los lleva por delante. Por un lado, su colchón económico tradicional, que era la almendra, se esfumó de un soplo cuando la plaga de la Xylella les obligó a arrancar todos sus árboles de raíz. El golpe definitivo llegó de la mano del sistema: llevaban años entregando su fruta a la cooperativa local, soportando precios abusivos y unas exigencias estéticas irreales, hasta que una gestión deficiente y corrupta hizo quebrar la entidad. Se encontraron de la noche a la mañana con la cosecha entregada, sin cobrar y una situación financiera crítica.Tras años de precios abusivos y una gestión que les dio la espalda, encontrar en CrowdFarming un modelo vuelva a darle sentido y valor real a su trabajo les ha devuelto la ilusión por vivir en el campo y a través de él. 

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