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Olas de fuego en Europa

Como agricultores europeos, o como personas que trabajamos estrechamente con ellos, no podemos obviar el hecho de que nuestro continente, literalmente, se está prendiendo en llamas. Portugal, España, Francia y Grecia luchan contra los incendios forestales que arrasan decenas de miles de hectáreas y estos no dejan de crecer tanto en términos de cantidad de incendios como de daños totales en número y nivel de riesgo. A mediados de agosto del año pasado en Europa ya se habían registrado 2,5 veces más incendios que el promedio anual de 2008-2020.

Europa se prende en llamas también de manera figurada. Se han registrado máximos históricos de temperatura en países como Francia, Suiza, Austria, Alemania y España.  Un nuevo estudio confirma que Europa Occidental se ha convertido en un punto caliente de olas de calor y que estos eventos están aumentando, en términos de frecuencia e intensidad, más rápido en Europa que en muchas otras partes del mundo.

Todo esto, naturalmente, tiene consecuencias económicas y sociales, pero también ambientales, y en cuestiones ambientales el CO₂ se ha convertido, sin duda, en un tema caliente. Además de provocar más emisiones de CO₂ en veranos ya de por sí extremadamente cálidos y secos, los incendios arrasan con masas de bosques, encargados de absorber, anualmente, cerca del 10% de las emisiones europeas. En concreto, nuestros bosques europeos captan unos 360 millones de toneladas de CO₂ al año. Para que nos hagamos una idea: Alemania produjo unos 675 millones de toneladas de CO₂ en 2021.


El contexto

No podemos evitar preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí y si podemos hacer algo para frenar el aumento de incendios. Responder a la primera pregunta con criterio no es sencillo porque no hay una única causa que provoca los incendios pero, si dejamos a un lado los que son realmente originados por la fuerza de la naturaleza, el resto tienen un denominador común: están provocados por la insensatez humana. Esta insensatez se traduce en actos fortuitos o premeditados y otros, no premeditados pero que también son causa del aumento de incendios, que están relacionados con la actividad agrícola.

Hace más o menos 100 años, nuestra forma de cultivar cambió de forma radical con la introducción de maquinaria, pesticidas y fertilizantes químicos que redujeron la necesidad de mano de obra y aumentaron la productividad. A su vez, la creciente importación de alimentos de países con bajo coste de mano de obra ha generado gran volatilidad en el mercado agroalimentario y una lucha de precios a la baja como único diferenciador. Mientras, los costes no dejan de aumentar – se estima que los costes de producción de los cítricos (mandarina, naranja y limón) en la Comunidad Valenciana han aumentado un 70% durante los últimos 30 años (1992-2020).

Esta situación se ha visto duramente agravada por el contexto macroeconómico actual de la guerra de Ucrania, que eleva aún más los costes de producción. En conclusión, el precio que reciben los agricultores europeos por la producción de los alimentos no ha crecido al ritmo que crecían sus costes – poniéndoles en una situación financiera crítica e inestable. 

Ante esta situación, se desarrollaron para los productores dos principales “soluciones”, elevar la producción a cualquier coste y complementar con subvenciones. Lo que se presenta como una solución fácil – las soluciones buenas casi nunca lo son – es en realidad un parche cortoplacista que a la larga no hace más que agravar el problema, dejando los suelos inertes y completamente incapaces de retener agua y materia orgánica. 

Cuando la situación económica del agricultor acaba por ser insostenible, el agricultor abandona.  Un claro ejemplo lo podemos encontrar en la Comunidad Valenciana donde en los últimos años se han abandonado 30.000 hectáreas:pasando de 190.024 hectáreas en 2002 a 160.356 en 2020. 


Podríamos ver el abandono de los campos como una oportunidad para el bosque de ganar terreno a la agricultura. Sin embargo, como hemos visto antes, no es bosque lo que queda, sino un secarral abandonado, inerte y seco, con muchas dificultades de crear vida en el corto plazo y caldo de cultivo para incendios. 

¿Tenemos algo que hacer, entonces, frente a los incendios? La respuesta es que sí. Debemos apostar por una agricultura que respete el consumo de agua y la biodiversidad, también la que está bajo tierra – eligiendo productos cultivados en ecológico y, a poder ser, que apliquen técnicas regenerativas. También podemos contribuir a la estabilidad económica de nuestros agricultores, apoyando su trabajo para que no se vean obligados a abandonar, pagando precios justos.


Emmeline es experta en comunicación, vocación que ha estado ejerciendo durante más de 8 años en el sector agroalimentario. Esta nueva podcaster es una gran aficionada a la comida, una preocupada por el cambio climático (aspirante a guerrera) y le gusta una buena discusión casi tanto como los perros.

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