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Compensar o cambiar, esa es la cuestión

Parece que cada día una nueva empresa anuncia sus planes para ser más “ecológica”, planes de compensación de CO2, una línea de productos “conscientes” o algún tipo de certificado relacionado con la sostenibilidad. Los clásicos son los programas de compensación de carbono, una forma en que individuos y organizaciones reducen su huella de carbono (o al menos esa es la idea), por ejemplo “neutralizando” las emisiones de un vuelo pagando por hacer plantar un árbol o invirtiendo en otro tipo de proyecto medioambiental. 

Aunque la idea en sí misma parece perfectamente legítima y bastante razonable, también suscita una pregunta importante: ¿Están las empresas utilizando estos sistemas de compensación para seguir haciendo negocios como siempre sin la reacción del público? 

Si seguimos contaminando el planeta, ya sea mediante el transporte, la energía contaminante, los productos químicos industriales o el plástico, el impacto negativo continuado pesará más que cualquier intento de compensación. Además, aunque los sistemas de compensación pueden ser mejor que no hacer nada, también sirven de escudo contra nuestra mala conciencia y nuestra necesidad de cambiar. Esto es válido tanto para los individuos como para las empresas, aunque el impacto de una empresa es considerablemente mayor. Si una empresa opta por la vía de la compensación en lugar de cambiar sus valores y provocar un cambio real, en última instancia está eligiendo no afrontar activamente el papel que desempeña en la crisis climática.

No cabe duda de que los programas de compensación de carbono son necesarios, no sólo porque el cambio es lento, sino también porque ofrecen a nuestro planeta un alivio inmediato. Sin embargo, no pueden ser el único camino que se tome, sino que deben ser uno complementario. Lo ideal es que una empresa opere de tal manera que no sea necesario compensar nada.

Promesas de cero (neto)

Otra forma en que las empresas abordan el aspecto de las relaciones públicas del cambio climático es anunciando planes (más o menos) ambiciosos para reducir sus emisiones en algún momento en el futuro. Promesas como la de “cero neto”, que indica que tienen la intención de dejar de emitir gases de efecto invernadero por completo, sirven para complacer al público. Un objetivo admirable, pero aquí está la trampa: Una cosa es fijar objetivos y anunciarlos al mundo, y otra muy distinta es cumplirlos y alcanzarlos. Cualquier empresa puede decir que tiene previsto alcanzar el “cero neto” o “reducir las emisiones a la mitad” para 2030 (inserta otro año lejano), pero ¿cuántas de ellas cumplen realmente estas promesas? ¿Quién puede decir que no utilizarán simplemente la excusa de “lo hemos intentado” cuando llegue esa fecha? ¿Se acordará el público de la promesa y la reclamará tantos años después? ¿Exigirá pruebas de las medidas concretas adoptadas? La crisis climática ya está aquí y, como sigue recordándonos Greta Thunberg, el momento de actuar es ahora.  En lugar de establecer objetivos acompañados de planes de acción vagos y distantes, las empresas deberían analizar con detenimiento lo que pueden hacer hoy para marcar una diferencia palpable. Un buen estímulo para la responsabilidad sería medir el éxito de una empresa a través de métricas como el impacto medioambiental (midiendo el uso de electricidad, los litros de agua ahorrados, la desviación de residuos, etc.) y no sólo el “crecimiento” y los beneficios.

Entreprises et la réduction de leurs émissions co2

Los llamados productos “natural”, “eco” y “reciclable”

Mientras hay voces que denuncian que los objetivos de emisiones, los programas de compensación o incluso las nuevas líneas de productos supuestamente “sostenibles” son un “greenwashing”, otras se apresuran a señalar que las iniciativas “respetuosas con el clima” (como las llama Amazon) son mejores que no hacer nada. ¿Por qué el reproche de “greenwashing” cuando las empresas están tratando de subirse al carro de la demanda de sostenibilidad? El quid de la cuestión es que, al dar a sus productos una apariencia “verde”, algunas operaciones simplemente intentan recuperar o retener a los consumidores que han empezado a reflexionar sobre el impacto de sus propias acciones y comportamientos, o sobre el impacto de las empresas en la crisis climática en general. Tanto los consumidores como las empresas deben preguntarse: ¿Queremos cambiar el sistema o seguir intentando compensar los daños recurrentes?

Por parte de los consumidores, sería útil ser más honestos con nosotros mismos: todo lo que consumimos tiene un impacto, ya sea en el clima, en nuestros recursos o en nuestros residuos. Si compro una prenda nueva, puede llevar la etiqueta de “ecológica” porque está hecha de algodón orgánico y puede que incluso esté hecha en Europa en lugar de en una fábrica masiva de China o Bangladesh. Pero producirla seguirá requiriendo energía y agua, la cadena de suministro seguirá requiriendo muchas emisiones de CO2 y lo más probable es que llegue a la tienda o a nuestra casa sellada en una bolsa de plástico. ¿Es mejor que comprar en Zara? Claro, pero no tanto como comprar un vestido “seminuevo” o “reciclar” uno que ya tienes.

Un champú que está “fabricado con un 97% de ingredientes naturales” no te dice cómo se han obtenido esos ingredientes, si la fórmula anterior era diferente, si el envase se reciclará alguna vez o si el 3% son sustancias potencialmente dañinas que son justo lo que hay que evitar al fabricar el champú. La distinción “natural” (o “eco”) en sí misma es problemática por falta de una definición legal concreta. ¿Dónde trazan los productores la línea entre lo “natural” y lo “no natural”? Lo cierto es que no existe una referencia normativa europea. Lo cierto es que no existe una referencia normativa europea específica para apoyar esta distinción. 

Otro caso es el del término “reciclable”, que suele utilizarse para que la gente se sienta mejor con el plástico. El hecho de que algo sea teóricamente reciclable no significa que lo sea; de hecho, es un escenario bastante improbable, ya que sólo se ha reciclado el 9% de todo el plástico producido. (Además, la producción de plástico requiere combustibles fósiles como el petróleo y el gas, por lo que su simple fabricación implica automáticamente una grave contaminación).

Una reflexión esperanzadora para el futuro es que la gente se dé cuenta de que, además del precio y la calidad del producto, hay una variable más a tener en cuenta: el impacto medioambiental que ha generado.

produits eco-responsables


Hacerlo realidad

Para que la gente se haga una idea real del impacto medioambiental de sus compras, la empresa debe ser transparente sobre sus procesos y métodos de producción y ceñirse a afirmaciones que puedan probarse. Dar una visión real de lo que entra en un producto final, cómo se fabrica y su recorrido, es la información que necesitamos para poder estimar a qué contribuimos al comprarlo. La única manera de saber si una empresa se toma en serio sus objetivos de emisiones de carbono, por ejemplo, es si pone a disposición del público la información correspondiente, ofrece actualizaciones periódicas y honestas sobre sus progresos y establece hitos para el futuro próximo y no sólo un “objetivo final” para el lejano.

Aunque la responsabilidad principal recae en nuestros gobiernos, el debate sobre lo que hay que hacer para evitar una mayor escalada en términos de cambio climático ha ganado cada vez más fuerza en nuestra vida cotidiana. Lo principal es señalar claramente a nuestros políticos que el medio ambiente debe ser lo primero y presionar para que lo hagan mejor (y más rápido), lo que incluye obligar a las empresas a actuar. Como individuos, lo que podemos hacer, además de reflexionar sobre nuestros propios patrones de consumo, es tratar de evitar las empresas que hacen difícil averiguar si sólo están compensando o si realmente están tratando de cambiar. O, peor aún: operaciones que están tan alejadas de su responsabilidad en la crisis climática que no hacen ninguna de las dos cosas. Por suerte, cada vez son más las empresas que se convierten en “agentes del cambio” y todo el mundo puede ejercer su voluntad y poner su poder adquisitivo a disposición de ese cambio.

Emmeline es experta en comunicación, vocación que ha estado ejerciendo durante más de 8 años en el sector agroalimentario. Esta nueva podcaster es una gran aficionada a la comida, una preocupada por el cambio climático (aspirante a guerrera) y le gusta una buena discusión casi tanto como los perros.

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